19/10/09 22:07hs
Todos tenemos muchos conocidos, pero la historia que nos cuenta este banco en particular es la de dos mejores amigos de la infancia que se cruzan después de varios años en este mismo banco. Uno estaba sentado con su maletín, su traje de etiqueta y su celular hablando por él. Y el otro venía caminando de hacer ventas, era muy artesanal. Al cruzarse ambos sintieron un cosquilleo en todo el cuerpo, que los recorrió por completo, se miraron y sonrieron, el de etiqueta cortó la comunicación y se paro y dijo:
- Disculpame, vos sos Alberto?
- Si, soy yo. Te veía una cara conocida, que cambiado que estás. ¡Y mirate, hasta traje llevas!
Entre risas y charlas el muchacho de etiqueta se paró y le dijo:
- Esperame cinco minutos, ya vengo. Te dejo el maletín ¿Me lo cuidas?
- Como no.
Sé paró y fue hasta un café cercano, pidió dos cafes, y volvió hacia el banco, se sentó y la conversación empezo algo asi:
- ¡Mira que cambiado estás! ¿Qué es de tu vida?- le dijo Alberto
- ¿Mi vida? - Contesto el muchacho de traje- lo de siempre, laburando, pensando en meterme en política o irme de vacaciones y hacer un voluntariado en ellas.
- ¡Acha! Igual estás distinto, tu mirada está cambiado, ¡Estas re grande!
- Y si, parece mentira pero pasaron los años..
- Es cierto ¿Qué podrías remarcar de estos años?
- Uff, creo que si comienzo no termino más, desde nuestra discución pasaron muchas cosas, sufrí desepciones, desamores, peleas, discuciones, pérdidas, demasiadas cosas. Pero también me enamoré, sentí, disfruté, me ilusioné, confié y sobre todo crecí.
- Eso lo noto, lo refleja tu mirada.
La conversación siguio y el humo del café caliente desapareció, dandole la bienvenida al frío, ya que el café quedo olvidado a un costado del banco.
Sin darse cuenta transcurrió toda la tarde y cayó la noche, fue ahí donde se miraron y rieron, y luego se dijeron algo asi:
- Vayamos a comer, yo invito - Dijo el muchacho de traje
- De ninguna manera, invito yo - Interrumpio Alberto
(se miran, se ríen y luego dicen a coro)
- A medias.
Al llegar al lugar una mesera se les acercó con ganas de seducirlos, pero ellos automáticamente respondieron:
- No necesitamos carta, sabemos que vamos a comer
(se miraron y volvieron a reír, parecián dos nenes pequeños que estaban jugando a ver quién se reía menos)
Ninguno lo decía, pero su sonrisa reflejaba cuan felices estaban de haberse encontrado. Miraron a la mesera y Alberto dijo:
- Yo quiero unas rabas.
- Y yo un pedasito de asado o un pechito de cerdo con papas y criolla ¿Qué me recomendas?
Nada había cambiado en ellos, ni siquiera su menú. Se volvieron a ver y rieron, también pidieron una cerveza ("No hay nada como una stella bien fria", así solían decir cada vez que salían).
La charla continuo durante varias horas, al llegar la medianoche se dieron cuenta que el día entero se les había pasado charlando, acordaron ponerse en contacto para volver a verse y partieron rumbo a sus hogares, se despidieron con un calido abrazo y un simple "hasta luego".
Al llegar a su casa, el hombre de traje vio a su mujer y la beso tan apasionadamente como hacía mucho tiempo no la besaba y la conversación decia algo asi:
- Wow, ¡Que beso! ¿Qué sucedió amor que estás tan contento? y ¿Por qué no he tenido noticias tuyas en todo el día?
- No me creerías si te cuento lo que me paso hoy
- ¿Qué paso?
- Me encontré con Alberto, mi mejor amigo de la adolescencia y fue algo bastante raro, porque sentí lo mismo que el día que lo conocí, que lo conocía de toda la vida, fue como si el tiempo que no nos vimos y estuvimos incomunicados nunca existió, y nos pasamos el día charlando, contandonos nuestras cosas.
- Eso si que es extraño cariño, hace años que no tenías noticias suyas
- ¡Por eso mismo! fue extraño, no lo sé.
Luego de una charla laboral y contada la historia de cabo a rabo a su mujer, se recosto repitiendo nuevamente
-¡Que día tan extraño!
Llegada la madrugada logró concilar el sueño, durmió y como todas las mañanas se levantó con el ruido de su despertador, hoy tendría que hacer horas extras por la tarde de ayer que no había ido a trabajar.
Se levanto, fue con los ojos prácticamente cerrados a la cocina, puso la paba a calentar y preparó un café y mate, volvió a la pieza junto con algunas galletitas y despertó a su mujer con un beso, un "buen día preciosa". La mujer se atónita se levanto y le dijo:
- Cariño, ¡Hace cuanto que no me levantas asi!, años diría yo
- Lo se amor, pasa que encontrarme con Alberto me hizo dar cuenta de que he dejado de hacer cosas que antes amaba realizar, entonces anoche, mientras intentaba conciliar el sueño, decidí retomar mis viejos hábitos, que en fin son "detalles" que había dejado de mirar.
La mujer le contestó con una sonrisa y un beso, comenzaron a desayunar él café y su mujer mate.
Luego se cepilló los dientes, se puso la ropa de trabajo (su traje) y partió para allí, despidiendo a su mujer con un cálido beso y un:
- Esta noche cocino yo.
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